Nov 8 , 2018 Historias

“¿Cómo deberíamos organizar nuestra pastoral vocacional hoy, para que los jóvenes se comprometan alegremente con el Evangelio de mañana?”

Ésta pregunta que nos la hicimos hace dos años. Los ámbitos eclesiásticos tradicionales de Alemania, en los que, por lo general, antes se podía encender el entusiasmo por la vocación religiosa, han continuado desintegrándose desde los años noventa. Ser católico ya no es algo tan común. Los jóvenes en busca de Dios se sienten, fácilmente, diferentes de sus compañeros.

Pero, todavía hoy en día, hay jóvenes que continúan demandando una vida feliz en relación con Dios. ¿Cómo podemos, los jesuitas, apoyar a la generación de 18 a 30 años en la búsqueda de su vocación? ¿Qué es lo que puede ayudarles a encontrar su camino?

No hay mejores expertos para responder a estas difíciles preguntas que los mismos jóvenes. Les hicimos la pregunta y recibimos una respuesta sorprendentemente simple: “Ofrézcannos un espacio donde podamos encontrar tranquilidad. Y muéstrennos cómo escuchar la voz de Dios”.

El desbordamiento de estímulos, y las posibilidades aparentemente infinitas de nuestros días, oscurecen cualquier idea clara que los jóvenes puedan tener sobre lo que quieren. El exceso de ofertas los paraliza. Sin embargo, existe un fuerte deseo de decidir por sí mismos su propia vida y darle una orientación significativa.

La fase de la vida que va de 18 a 30 años se puede comparar con un taller de bicicletas: allí se desmontan las ruedas, se quitan las abolladuras y se inflan las ruedas deshinchadas. Necesitamos también un taller para el futuro personal, para que la vida reciba un nuevo impulso. Es en esta etapa en la que se abandona el apoyo de los padres, en la que las crisis causan los derrapes, y en la que la falta de motivación de “aquello por lo que vivo” te impide pedalear libremente.

Entre los mejores talleres de la vida están los Ejercicios Espirituales. Partiendo de este principio, en diciembre de 2016 fundamos el Taller del Futuro, “Zukunftswerkstatt SJ”, en Frankfurt del Main. El taller está ubicado en el campus de la Universidad Sankt Georgen. En la casa de la comunidad, en un piso separado, se dispusieron seis habitaciones para invitados. El director, Clemens Blattert, S.J., continúa recibiendo nuevos grupos alrededor de la gran mesa de la cocina. En la sala de meditación, los jóvenes se abandonan a la palabra de Dios. Para la recreación, hay un vasto y hermoso parque con un horizonte espléndido.

El programa del Taller del Futuro no persigue resultados determinados, sino que su objetivo es el encuentro entre el hombre y Dios. En esta comunicación, los múltiples impulsos, proyectos, preguntas y deseos, encuentran un orden. La claridad que resulta de ello pone de manifiesto la creatividad de los diversos proyectos de vida: como dentista entusiasta, como consultora de gestión reflexiva, como padre fiel, como carmelita gozosa, o como jesuita sediento de conocimiento. Algunas veces hay quienes cambian sus estudios, quienes dejan sus trabajos o, simplemente, quienes vuelven a creer en Dios.

Hay cuatro elementos que favorecen esta dinámica de clarificación de la vocación.

Los jóvenes quieren ser protagonistas en la planificación de su futuro. Nosotros los ayudamos proporcionándoles las herramientas de la espiritualidad ignaciana. Gracias a la revisión de su jornada, los jóvenes aprenden a reconocer la guía de Dios en su vida diaria. Mediante la meditación de las Escrituras, descubren las promesas que Dios les ofrece y cómo la vida con Él puede tener éxito. Con la ayuda del discernimiento de espíritus aprenden a navegar con seguridad en su futuro, en medio de la confusión de las voces internas y externas.

Para experimentar esto, hace falta un espacio. En un ambiente cómodo, con una organización diaria voluntaria y ciclos de Ejercicios Espirituales que van de 3 a 9 días, los jóvenes encuentran ese espacio libre, que aprovechan con gratitud para realizar los Ejercicios.

El acompañamiento espiritual es otro elemento esencial de nuestro trabajo. Los jóvenes se confrontan voluntariamente con los adultos para, de este modo, encontrar su propia posición. Pero para ello necesitan un “compañero de entrenamiento” que tenga tiempo, deje espacio y resista la tentación de dar respuestas. Una ayuda para construir su identidad.

En el taller del futuro siempre se puede conocer a otros jóvenes. Esto contrasta la sensación de que uno, siendo cristiano, es diferente. La experiencia de no estar solos nos empuja a seguir adelante. Incluso encontrarse con un jesuita mayor en las escaleras es una experiencia. Sin necesidad de palabras, los jesuitas ancianos se convierten en testigos de la fidelidad de una vida vivida con Dios. Una gran disposición para ser acompañantes en la oración, puede ser otra de las expresiones de este estímulo mutuo. Durante toda la duración del ciclo de ejercicios, un ex participante acompaña a uno “nuevo” en la oración. Es la Iglesia como una comunión personal. Un beneficio para ambas partes.

Cuando después de unos días los jóvenes vuelven a ponerse en camino, han adquirido las herramientas con las que pueden continuar construyendo su futuro de forma autónoma. Sus caras brillan, como cuando sales del taller con la bicicleta que funciona bien otra vez, y van con confianza hacia el futuro, conscientes de estar acompañados, y sobre todo de tener a Jesús como compañero.

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