Oct 30 , 2018 Historias

Un joven auditor: Julian Paparella

Los jóvenes tuvieron un lugar central durante el Sínodo de los Obispos que acaba de terminar. Tuvimos la oportunidad de reunirnos con uno de ellos, se trata de Julian Paparella, de Ontario (Canadá). Julian hizo los Ejercicios Espirituales en la Vida Corriente - EVC, lo que lo llevó a interesarse en el pensamiento de Teilhard de Chardin y su lectura del evangelio. Hace parte de la iglesia en el Newman Centre en Montreal y colabora con la red de televisión Salt & Light.  Además de ser licenciado en biología actualmente adelanta estudios en teología en el Institut Catholique de Paris.

Julián, ¿en qué tema elegiste hacer tu intervención personal ante los padres sinodales... y por qué elegiste este tema?

En mi intervención me centré en la necesidad de que los jóvenes encuentren testigos creíbles de Jesús en la Iglesia. Testigos que acogen, confían, animan y fortalecen a los jóvenes para que ellos mismos puedan ser testigos vivos de Jesús. Con esto quería expresar la necesidad de que los seminaristas, religiosos y ministros laicos se formen desde el corazón, haciéndolo compasivo y misericordioso, que es el mismo enfoque pastoral del corazón de Jesús, como lo podemos encontrar en los Evangelios. Para lograr esto, recomendé encarecidamente que los seminaristas y los laicos se formen juntos en las mismas instituciones, formando verdaderos equipos de discípulos misioneros, de evangelizadores.

¿Cómo te sentiste acogido por los miembros del Sínodo, no sólo cuando hablaste públicamente, sino durante toda la reunión?

Me sentí muy bien acogido por muchos de los participantes del Sínodo y ésta experiencia fue creciendo en la medida en que pasábamos más tiempo juntos a lo largo del evento. El Papa Francisco apoyó mucho nuestra presencia e incluso, un día, subió los escalones de la sala del Sínodo para venir a saludarnos hasta donde estábamos sentados. Luego el Papa Francisco me felicitó personalmente el día siguiente de mi intervención, se acordó de mi nombre y me dijo que había hablado muy bien. Los Padres sinodales estaban realmente interesados en recibir nuestras aportaciones, especialmente en los grupos de trabajo, donde pudimos tener una muy activa participación.

¿Has tenido alguna sorpresa, te sentiste movido en algún momento?

Me conmovieron profundamente los impresionantes testimonios de aquellos que viven en situaciones de persecución. Los participantes del Sínodo hablaron de amigos que habían sido asesinados, de familiares que habían sido violados y de personas inocentes que habían sido salvajemente asesinadas, todo por su fe en Jesús. Fue un duro recordatorio de que el martirio no es sólo parte de nuestra historia como Iglesia, sino una realidad a la que se enfrentan muchos de nuestros hermanos y hermanas en el mundo de hoy. También me sentí muy conmovido e inspirado por un padre sinodal que se puso a llorar al final de su intervención, al recordar la historia de un joven que había conocido. Esto fue para mí un signo de que estaba ante un precioso regalo: el de la capacidad de dejar que nuestros corazones sean tocados por la gente, así como el de Jesús cuando estaba mirando al joven rico con amor, cuando estaba llorando ante la tumba de Lázaro y cuando estaba sintiendo compasión por aquellos que estaban como ovejas sin pastor.

Finalmente, después de haber participado en el Sínodo, ¿cómo imaginas la Iglesia del mañana y su capacidad para tener en cuenta las aspiraciones de los católicos de las nuevas generaciones?

Me imagino a la Iglesia del mañana como un hospital de campaña que se apresura a acoger a las personas tal y como son, capaz de ofrecerles ayuda para curar sus heridas. Veo a una Iglesia que encuentra a las personas allí donde están, de la misma manera como Jesús encontró a los discípulos por el camino de Emaús, a quienes luego acompañó a encontrar a Cristo y hacerlos discípulos misioneros, compartiendo la Buena Nueva de una manera que toque los corazones de nuestros hermanos y hermanas de hoy. Este tipo de acompañamiento debe abarcar toda la profundidad y amplitud de la vocación: debe responder a la llamada de Dios en un viaje continuo con Él que bien puede ser el matrimonio, la vida de soltero, el sacerdocio, la vida religiosa y abarcar una sin fin de ocupaciones, profesiones y formas de entregarse a sí mismo. Finalmente, sueño con una Iglesia que refleje cada vez más el rostro de Jesús, que abraza a todos y todas y los conduce a la plenitud de la vida. Esta Iglesia podría entonces responder a las esperanzas y a los deseos profundos de los jóvenes que tienen sed de Dios. Esa es la Iglesia a la que Dios nos desafía tanto para los jóvenes y para todos.

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